El desarrollo del juego compartido:

Cuando juntamos a dos niños menores de dos años, podemos observar que se miran, se tocan, se sorprenden al verse, se sonríen. Pero no tardan mucho en tirarse del pelo, sacarse los juguetes, empujarse, etcétera. Es muy difícil que puedan estar juntos más que algunos minutos sin que surja un problema entre ambos. Padres, van a tener que estar alertas, no hay tiempo para relajarse acá. Por supuesto entender que no lo hacen con maldad ni con la intención consciente de dañar al otro niño. Simplemente es la edad en que “todo es mío” y me defiendo a mí y a mis juguetes como puedo… ¡osea con el cuerpo! Puedo pegar, morder, empujar, tirar del pelo, así me saco a ese intruso de encima.

Hacia los dos y tres años surge el “juego en paralelo”: los dos niños se acompañan, uno junto al otro, contentos de estar juntos, pero cada uno al mismo tiempo está “en su mundo”. Cada uno juega con lo suyo. Cada uno necesita tener sus propios carritos o muñecas, y hay peleas cuando esto no ocurre, pues ambos querrán el que tiene el otro. Padres, tampoco se van a poder relajar mucho y esperar que los niños jueguen juntos mientras ustedes conversan, ya que éstos  todavía no han desarrollado aptitudes sociales.

Hacia fines de los tres años, el niño tiene una noción más clara de “yo”, “mío”, “vos” y “tuyo”, con lo cual su desarrollo les va a permitir compartir tiempo y juguetes con sus amigos. Aquí ya los podemos ver tomando turnos y armando ciertos juegos. El trabajo que mamá y papá viven haciendo todos estos años enseñando al niño a compartir y a tratar a otros con buenos modales, comienza a dar sus frutos.

Hacia los tres o cuatro años, podemos observar que empiezan a verse preferencias entre los niños. Se arman dúos de niños que quieren estar siempre juntos. Estos dúos en general se generan por intereses en común o por afinidad en el temperamento (esos rasgos propios de cada uno): estos dos son muy activos y les gusta mucho correr y jugar a la pelota, estos otros dos son bastante tranquilos y les gusta jugar a los carritos y con animalitos de juguete; estas dos niñas son las dos tímidas, hablan bajito y se dicen muchos secretos entre ellas, les gusta jugar a las muñecas , a estas otras dos las dos les gusta bailar y cantar fuerte.

Los padres pueden favorecer estas preferencias o afinidades entre los niños organizándose para juntarlos en diferentes momentos, y con cierta frecuencia para que puedan jugar juntos y disfrutar de la compañía del otro. Puede ser en el parque si es más fácil, puede ser juntándose para ir al zoológico juntos, puede ser invitando el niño a la casa (preferentemente ratos cortos). Sería importante que los adultos tuviéramos presente el valor de la amistad y de la importancia del contacto humano para poder incentivar o acompañar este encuentro entre dos pequeños. Es el comienzo de la experiencia de la AMISTAD.

Tener en cuenta que a esta edad, entre los tres y cuatro años, la vida del niño sigue girando alrededor de la presencia de mamá y papá. Los amigos todavía ocupan un lugar menor y pequeño es sus vidas. Por eso no preocuparse demasiado si todavía no quieren quedarse solos en la casa del amigo, prefieren no quedarse a dormir, o no les interesa mucho ir a los cumpleaños de sus compañeritos de clase. Todavía es primordial el sentimiento de seguridad y protección, que sólo obtienen estando cerca de mamá y papá. Cada niño tiene su ritmo, y la mayoría todavía están muy contentos en casa, jugando con mamá y papá o ayudándolos a hacer las tareas diarias.

Hacia los cinco y seis años, coincidiendo con la edad preescolar, el grupo y la amistad comienza a cobrar importancia central en sus vidas. Los niños se hacen amigos, juegan independiente de los padres, tanto en sus casas como en la de los amigos (¡siempre de a ratos no muy largos si no apremia la necesidad!). Disfrutan en juegos de cooperación, de a dos o en grupos pequeños, se comprometen en sus relaciones con amigos, se sienten sostenidos por ellos y se defienden mutuamente. Pueden tolerar que no se haga lo que ellos quieren todo el tiempo, por lo que se pelean menos.

El mejor amigo

No todos los niños van a tener un amigo íntimo o un mejor amigo en determinado momento. Cuando lo encuentran y están juntos, se sienten fuertes, indestructibles. Puede ser que se identifican con el otro y se sientan idénticos (“nos encanta peinarnos de la misma manera”, “nos encanta jugar a la pelota e inventar historias de Pokemones que sólo nosotros conocemos”, “nos vestimos iguales y la gente nos dice que somos tan parecidas que parecemos hermanas”). 

Puede ser que se complementen: “él es fuerte y me defiende, yo lo ayudo en la clase de español”, “Ella siempre tiene ideas creativas y yo la ayudo a fabricarlas pues me gusta hacer cosas con las manos”. 

Puede ser que uno idealice al otro, o que se protejan mutuamente.

¡Los mejores amigos la pasan muy bien cuando están juntos y tenerse uno a otro les da seguridad!

Algunos riesgos a tener en cuenta son los siguientes:

  • Que uno de los dos sea muy posesivo y celoso e impida al otro tener otros amigos.
  • Que uno sea muy mandón y el otro, de temperamento afable, se someta a sus designios o se sienta forzado a obedecerlo para no perderlo.
  • Que estén demasiado encandilados uno con el otro y no puedan mirar más allá de su relación. El riesgo aquí sería que ambos se cierren a establecer nuevas relaciones con otros niños. La variedad en las relaciones interpersonales es importante, especialmente a medida que crecen, enriquece y aporta cosas nuevas.

Muchos niños no tienen un “mejor amigo” desde chiquitos. Tienen amigos variados, de diferentes entornos, y con ayuda de los padres, encuentran tiempo y lugar para mantener varias relaciones. La existencia de un amigo íntimo no garantiza que la vida social del niño se desarrolle en forma adecuada, ni su ausencia es en sí indicativa de dificultades. Tener un mejor amigo íntimo otorga confianza, seguridad, diversión. Pero no tenerlo de ningún modo indica que haya una dificultad social en el niño.

Desarrollo de aptitudes sociales en el niño

Los niños van aprendiendo durante los primeros años de vida las normas de comportamiento social, es decir, cómo comportarse con otros de forma “socialmente aceptada” según la época en la que viven, la cultura en la que están inmersos e incluso la pequeña comunidad. Esto no lo aprenden un poco copiando lo que ven hacer a los adultos que los rodean, y otro poco a partir de lo que éstos adultos les enseñan.

¿Cómo promover aptitudes sociales en el niño pequeño? 

  • Mientras jugamos con el niño, modelar actitudes sociales positivas como ofrecerse a compartir, tomar turnos, aceptar esperar, pedir ayuda y elogiar al niño cuando lo vemos hacer estas cosas. 
  • No enojarse con el niño si todavía no logra hacer estas cosas con facilidad cuando se lo pedimos o sugerimos, ya que según su edad, estas conductas son difíciles de lograr (por ejemplo, compartir)
  • Elogie al niño cada vez que él se ofrezca a compartir con usted o a ayudarle.
  • Sugiera al niño comportarse en forma generosa o empática con otro niño y señale el efecto que ésta conducta tiene en el otro (“qué contenta se puso tu amiga con la cartita que le escribiste”, “mirá, lo invitamos a jugar a la pelota y ahora ya no se siente solo”)
  • Señale el comportamiento generoso o empático hacia él de parte de otros niños (“tu amigo pasó tiempo eligiendo ese juguete y pensando en qué te gustaría recibir a ti”, o “tu amiga te ofreció ayuda justo en el momento en que más la necesitabas”)
  • Sugiera a su niño qué palabras usar cuando quiere comunicar algo a otro niño: “Todavía prefiero dormir en mi casa, pero me gustaría mucho ir a jugar a tu casa por la tarde”, “¿te parece si esta vez jugamos a algo que elija yo?”, “Aunque tenga otros amigos, no dejo de quererte mucho y me gusta mucho jugar contigo”, “Yo creo que deberíamos dejar jugar con nosotros a esa otra niña, no está bien dejarla sola”. 
  • Ayude a su niño a notar o darse cuenta de cuándo otro niño puede necesitar ayuda. Modele o sugiera cómo se puede ayudar a otro según la situación.
  • Muestre o sugiera al niño cómo puede sentirse el otro como resultado de su conducta: “¿Tu amigo parece aburrido, le quieres preguntar si no querrá jugar a otra cosa?”, “le preguntaste alguna vez a tu amiga si realmente le gusta que la llames así?”, “Cómo se sentirá tu amigo si no lo invitas a jugar al fútbol con el resto de los niños?”.